Diario Parrillero

Por qué hacer chorizos artesanales en casa cambia el sabor de tu asado

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Por qué hacer chorizos artesanales en casa cambia el sabor de tu asado

Anochece temprano en Caballito. El frío de junio se mete por las rendijas de la persiana en Avenida Rivadavia. Roque ya sabe que cuando saco la tabla de madera, algo bueno va a pasar. No es solo prender el fuego. Es lo que pasa antes de que el primer carbón se ponga blanco.

Hacer tus propios chorizos no es un hobby de domingo. Es una declaración de principios. Después de años en la planta de embotellado, uno aprende a reconocer lo que es industrial y lo que tiene alma. El chorizo del súper, ese que viene en bandeja con film, tiene el alma de un repuesto de plástico.

Ese color rosado que brilla en la oscuridad me da desconfianza. El olor a conservante cuando abrís el paquete te dice todo lo que necesitás saber. Eso no es carne. Es un proceso químico envuelto en colágeno sintético. Y vos te lo estás comiendo.

La máquina que pesa como un pecado

Mi embutidora es de hierro fundido. La compré usada a un viejo en Lomas de Zamora a principios de este año. Estaba llena de grasa seca y olvido. Me pasé tres tardes limpiándola con cepillo de alambre y paciencia de técnico.

Cuando la atornillo a la mesada de la cocina, el metal suena sólido. No hay vibraciones raras. Es una pieza de ingeniería simple que hace una sola cosa bien. Empujar la carne hacia la tripa sin calentarla.

Embutidora manual de hierro fundido antigua sobre mesada de cocina para hacer chorizos caseros.

Esa es la primera gran diferencia. En la industria, las máquinas van a mil por hora. La carne se calienta, la grasa se derrite y el resultado es una pasta uniforme que no sabe a nada. En el balcón, el ritmo es otro. Es el ritmo de lo que vale la pena.

En marzo, durante una semana de rotación de noche, me puse a ver un curso de Hotmart sobre embutidos. Lo pagué con la extra del sábado. El módulo cinco, que explicaba cómo usar nitritos y polifosfatos para que la carne dure un mes afuera de la heladera, lo cerré a la mitad. No me interesa que dure un mes. Me interesa que sea glorioso mañana al mediodía.

La matemática del 70/30

Si sos técnico, sabés que las proporciones lo son todo. En el chorizo, la ley es el 70/30. Setenta por ciento de carne magra, treinta por ciento de grasa de la buena. Yo uso bondiola de cerdo y tocino de lomo. Nada de recortes sospechosos.

La carne tiene que estar casi congelada. Si la tocás y no te duelen los dedos, está demasiado caliente. El frío mantiene la estructura. Si la grasa se ablanda mientras mezclás, el chorizo te va a quedar como una pasta de hígado. Y nadie quiere eso en un choripán.

Picar la carne a mano es un viaje de ida. No la muelo. La pico a cuchillo, pedacitos de medio centímetro. Eso te da una textura que la máquina del carnicero jamás va a entender. Cuando muerdas, vas a sentir el grano de la carne, no una masa procesada.

Mezcla de carne de cerdo y tocino picada a cuchillo con especias para embutir.

El otro día, mientras esperaba que el carnicero de Rojas me sacara un pedazo decente para el asado (ya les conté qué pedirle al carnicero para conseguir el mejor vacío de la semana), me quedé mirando cómo despachaba chorizos de oferta. Eran puro nudo y cartílago. Ahí te das cuenta de que el control de calidad lo tenés que hacer vos.

El secreto de la liga y el vino blanco

Acá es donde la mayoría tira la toalla. Mezclar la carne con las especias no es solo revolver. Hay que amasar. Tenés que lograr la 'liga'. Es ese momento donde la proteína se pone pegajosa y la mezcla se vuelve una sola cosa.

Si no lográs la liga, el chorizo se desgrana. Se te desarma en la parrilla. Yo le tiro un chorro de vino blanco frío, de ese que te sobró de la cena. El ácido del vino ayuda a que la proteína trabaje. Y el aroma que suelta cuando se junta con el hinojo y la nuez moscada es otra cosa.

Uso sal fina, unos 20 gramos por kilo. Ni un gramo más. No soy médico, pero sé que la sal en exceso te arruina el paladar y el corazón. Consultá con tu médico si tenés que cuidarte, porque el asado es para disfrutar, no para terminar en la guardia. Yo solo soy un tipo que mantiene máquinas en una planta de bebidas.

La pimienta blanca, el pimentón dulce de Cachi y un toque de ají molido. Nada de sabores artificiales. Nada de humo líquido. El humo se lo vamos a dar en el balcón, con el quebracho colorado que ya tengo apilado al lado de la parrilla.

La tripa natural y el nudo perfecto

Usar tripa natural de cerdo es obligatorio. La tripa sintética es un impermeable. No deja entrar el calor de las brasas de forma pareja. La tripa natural respira. Se contrae con el calor. Se vuelve crocante.

Hay que lavarla bien. Yo la dejo en agua con un poco de vinagre unos veinte minutos. Después, le paso agua por adentro. Es un laburo de paciencia. Si la apurás, se corta. Si la dejás seca, no desliza por el pico de la embutidora.

Tripas naturales de cerdo hidratándose en un bol antes del proceso de embutido.

Embutir es como calibrar una máquina en la planta. Tenés que sentir la presión. Si llenás mucho la tripa, explota en la parrilla. Si la dejás floja, te queda aire adentro y la carne se oxida. Es un punto justo que solo te lo da el tacto.

El atado lo hago con hilo de algodón. Un nudo firme, dos vueltas, y el 'clic' que hace la tripa cuando la girás para separar los chorizos. Es un sonido satisfactorio. Como cuando una pieza encaja justo en su lugar después de renegar toda la tarde.

El ritual del balcón

Mis chorizos no se pinchan. Jamás. Si pinchás un chorizo artesanal, estás tirando el jugo que tanto te costó crear. El fuego tiene que estar tranquilo. Calor medio. Nada de arrebatos.

Cuando la piel empieza a dorarse, el olor cambia. Ya no es olor a cerdo crudo. Es ese aroma complejo, tostado, con la nota del hinojo que sube desde la grasa que gotea sobre el carbón. Roque se sienta al lado mío y no me quita la vista de encima.

El momento de la verdad es cuando el cuchillo toca la piel. Si lo hiciste bien, la piel cede con un sonido seco, un 'tac' que te avisa que está crocante. Adentro, el jugo es transparente. La carne tiene un color rosado natural, no ese fucsia de laboratorio.

Corte de un chorizo artesanal cocido revelando textura real y jugos naturales en tabla.

A veces, si somos muchos, me gusta variar el menú para no cansar. He llegado a meter una prepizza casera para estirar el tiempo (hace poco escribí sobre cómo hacer pizza a la parrilla con masa artesanal en pocos pasos), pero el centro de la mesa siempre es el embutido propio.

No se trata de ahorrar. Hacerlos en casa sale casi lo mismo que comprarlos si contás la carne de primera y el tiempo. Se trata de saber qué estás comiendo. Se trata de recuperar un oficio que nuestros viejos tenían por default y nosotros perdimos por la comodidad del supermercado.

Cuando terminás el asado y te queda la parrilla sucia, hay que ocuparse rápido. Ya saben que yo tengo mi método sobre la mejor forma de limpiar la parrilla de hierro después de un asado para que la próxima vez no sea un parto arrancar. La higiene en esto es todo, desde que picas la carne hasta que guardás los fierros.

Me queda medio vaso de vino. El fuego ya es ceniza gris. Mañana tengo turno de mañana en la planta y hay que madrugar. Pero me voy a dormir tranquilo. El domingo que viene, los chorizos los hago yo otra vez.

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