Diario Parrillero

La mejor forma de limpiar la parrilla de hierro después de un asado

Parrilla de hierro después del asado, lista para la limpieza y el mantenimiento del hierro

El cepillo de alambre me raspa los nudillos antes de tocar la primera varilla. Todavía queda esa costra negra pegada en la esquina, la que deja cualquier asado argentino después de una tarde larga, y hasta que el hierro no baje un poco más de temperatura no arranco con la limpieza de la parrilla en serio. Ni bien sale la última achura, ni frío del todo. En el medio, ahí conviene tocarla.

Esta vez además probé algo que había escuchado por ahí: sacar el vacío de la heladera solo media hora antes de tirarlo al fuego, para no perder tiempo con la espera. No funcionó. Se notó frío justo en el centro, donde más importa, y tuve que dejarlo un rato más pegado a las brasas de lo que hubiera querido. Anotado: media hora no alcanza.

Esa tarde el carbón llegó solo a un rojo oscuro parejo antes de que apoyara la primera achura, sin apurar el momento como hago casi siempre. Con el carbón bien hecho, sin apuro, lo que después queda pegado a la rejilla se limpia distinto. Se despega solo, no se incrusta.

La parrilla la soldé con mi cuñado hace cuatro años, con hierro redondo de esos que se consiguen en cualquier hierro de barrio. No es de esas de acero inoxidable que brillan en la foto de un curso. Es un bicho que hay que entender, no un electrodoméstico que se prende y listo.

La parrilla no se lava con agua y detergente

Antes me agarraba la desesperación apenas terminaba de comer. Quería dejar todo brillante, como si el hierro fuera un plato de loza. Error de principiante, uno que me costó unas cuantas madrugadas de refregar como un condenado y, peor todavía, arruinar años de trabajo que ya tenía el metal.

Varillas de hierro de la parrilla oxidadas por lavar con agua, el error más común en el mantenimiento del hierro

Una madrugada me mandé manguera, detergente del fuerte y un cepillo de esos que sacan hasta los pecados. La dejé secándose así, mojada, y me fui a dormir orgulloso de ver el metal casi gris.

Cuando me levanté, la parrilla estaba naranja. Una costra de óxido pareja, como si la hubieran sacado de un zanjón. Esa sensación de haber arruinado algo con tus propias manos no se olvida fácil.

Ahí entendí que limpiar no es desinfectar para un quirófano. Limpiar la parrilla es preparar la superficie para la próxima vez que apoyes un corte de carne para parrilla pequeña, sin meterme hoy en si ese corte pide calor directo o al costado. Si le sacás toda la pátina negra, la carne se te pega como si el hierro tuviera pegamento.

Cinco semanas tardé en cambiar la costumbre. Antes limpiaba apenas sacaba la carne, con el metal todavía quemando; ahora espero, y el hierro se lo agradece.

Dejá que se enfríe: ahí arranca el mantenimiento del hierro

En la planta donde laburo el mantenimiento sigue una lógica parecida: no le metés un cambio brusco de temperatura a una pieza si no querés que se resienta. Trasladado al balcón, eso significa una sola cosa: nada de agua fría ni cepillo con fuerza mientras el metal todavía está dilatado por el fuego. Se lastima la estructura, aunque no se vea a simple vista.

Lo que sí funciona es dejar que el calor residual haga el trabajo sucio solo. Los pedacitos de carne que quedaron pegados se van carbonizando de a poco, se deshidratan, se separan del hierro por las buenas. Ese rato en que ya vas por el segundo mate hace media limpieza sin que muevas un dedo.

Cepillo de alambre en plena limpieza de la parrilla, sacando los residuos carbonizados del asado

El cepillo entra cuando la parrilla está tibia

Recién ahí, cuando está tirando a fría, entra el cepillo de alambre. No hace falta fuerza de gimnasio, hace falta constancia. El chirrido contra el hierro es la señal de que la costra está saltando, y el olor a grasa quemada que sube avisa que el metal está quedando liso. No necesito termómetro para saber en qué punto está; el sonido y el color dicen más que cualquier aparato.

No uso químicos para esto. En el trabajo hay solventes para las máquinas, pero acá la comida toca el fierro directamente. Un truco viejo, de esas técnicas parrilleras que se pasan de boca en boca antes que por internet, es la cebolla cortada al medio, o un limón. La acidez levanta lo que el cepillo no pudo sacar, sin dejarte gusto a detergente.

Cómo se lee un chorizo mariposa en el balcón cuando está en su punto es otro cuaderno. Si ese corte después pide sellado fuerte o cocción lenta, de qué parte de la res viene, o cómo se maneja el humo para no discutir con la vecina de abajo — todo eso queda para otra noche. Hoy el tema es nomás el hierro que sobrevive después de que se apagó todo.

Aceite de girasol, nunca el de oliva caro

Limpiar bien después de cada asado es la mitad del curado. Lo que hacés en frío con el cepillo determina cómo va a responder la rejilla la próxima vez que prenda el fuego, mucho más de lo que uno se imagina antes de aprenderlo a las patadas.

Pasado el cepillo, con el grueso ya afuera, viene el aceite. Agarro un pedazo de papel de diario o un trapo que ya no sirva para nada más, y le pongo un chorro de aceite de girasol común. Nada de aceite de oliva, que para esto es tirar la plata.

La idea es pintar los fierros con una capa finísima. El metal, que todavía guarda algo de calor, absorbe ese aceite y arma una película que hace de armadura contra la humedad de Buenos Aires. Sin eso, el oxígeno vuelve a tocar el hierro apenas te das vuelta.

Hacer esto evita las mañanas naranjas. Evita el gusto a óxido en el asado del lunes siguiente, ese que a veces toca comer frío camino al turno mañana. Es un proceso que dura lo que tardás en tomarte media cerveza y te ahorra horas de refregar después.

Aplicando aceite a los fierros de la parrilla después de la limpieza, antes de guardarla

Carne cruda y carne cocida no comparten herramienta

Hay una parte de la limpieza que no tiene que ver con el óxido sino con no enfermar a nadie, y esa la tomo en serio. Los jugos de la carne cruda no pueden tocar la carne que ya está cocida, ni otra comida que vaya directo a la mesa. Eso significa que la parrilla, la tabla y las pinzas que usaste para acomodar la achura cruda tienen que estar separadas de las que usás para servir, o bien lavadas entre un uso y el otro.

Parece obvio dicho así, pero en un asado de balcón, con poco espacio y todo mezclado arriba de la mesada, es lo primero que se pasa por alto cuando llega la tercera tanda de chorizo y ya estás con hambre. Una tabla que sirvió para cortar el matambre crudo no debería ser la misma en la que después cortás el pan, salvo que la hayas lavado bien en el medio. No hace falta ser ingeniero para esto, alcanza con separar una tabla para lo crudo y otra para lo que ya salió del fuego.

Lo que queda para el sábado que viene

La vez pasada me olvidé de aceitar un rincón entero y se notó enseguida: el asado de tira se quedó pegado justo ahí y tuve que pelear con la espátula. Esta semana bajé hasta la altura de Primera Junta, sobre Rivadavia, a comprar un cepillo de alambre nuevo, porque el mío ya perdió la mitad de las cerdas. En la ferretería me crucé con un vecino que hace carpintería en los talleres del GCBA, y me tiró la posta de una lija más fina para las esquinas más castigadas.

Si mantenés la cadena después de cada asado, el hierro se va poniendo cada vez más antiadherente, como esas sartenes viejas que cuanto más negras, mejor cocinan. El detergente, el apuro, el agua a presión — todo eso es plata y tiempo tirado contra un metal que sólo pide que lo dejes enfriar antes de tocarlo.

Guardo la parrilla ya fría, con su capa de aceite puesta. El sábado que viene, cuando reciba la primera llama del día, el hierro va a soltar ese clic metálico y seco de la dilatación. Todavía tengo el trapo con olor a grasa quemada en la mano, y capaz que antes de guardarlo paso una vez más por esa esquina que la vez pasada se me pegó.

Artículos relacionados